10/22/2017

¿Qué le sucedió a Estados Unidos?

Bita Mehrjou, una enfermera de Nueva York, recientemente se incorporó a un grupo de miembros de la AFT para ofrecer socorro a Puerto Rico luego de los estragos causados por el huracán. Ella esperaba ver enfermedades bacteriales, conmoción postraumática y heridas y enfermedades sin tratamiento. Pero no una nota de suicidio. Mehrjou y un equipo de enfermeros visitaron el hogar de una mujer de 80 años de edad que estaba casi sin comida ni agua. Sola y desesperada, la mujer escribió lo que podrían haber sido sus últimas palabras, contemplando el final de su vida. Afortunadamente, el equipo de socorro logró rescatarla a tiempo y se evitó una tragedia.

Puerto Rico disaster reliefWeingarten, segundo lugar desde la derecha, en el centro de distribución de socorro de la Asociación de Maestros de Puerto Rico en Yabucoa, 14 de octubre. Foto por Brett Sherman.

Sin embargo, muchas de las tragedias todavía se están desarrollando en Puerto Rico y las Islas Vírgenes de los Estados Unidos. En oposición al alarde del Presidente Trump de que se le deberían otorgar 10 puntos de 10 por las medidas de recuperación en Puerto Rico, allí la asistencia federal de los ciudadanos estadounidenses fue extremadamente insuficiente. Los miembros de la AFT —que se unieron a 300 electricistas agremiados, así como carpinteros y otros trabajadores cualificados para ofrecer ayuda—nos cuentan que muchas víctimas del huracán dijeron lo mismo: “Ustedes son los primeros que vienen a ayudarnos.” La devastación y el sufrimiento a esta escala requieren más que voluntarios y caridad. El gobierno federal no está cumpliendo su responsabilidad fundamental: la seguridad de sus ciudadanos.

La mayoría de los residentes de Puerto Rico están comenzando a vivir su segundo mes sin electricidad, agua potable o alimentos suficientes. Yo visité el territorio la semana pasada y vi incontables hogares sin techo o incluso toldos; por ende, lo que no se destruyó en el huracán se está arruinando ahora. Los cadáveres de animales, los deslizamientos de tierras y las toxinas están contaminando las vías fluviales; y los residentes sin otra opción que usar agua no potable para bañarse, limpiar y cocinar se están enfermando por deshidratación, leptospirosis y enfermedades bacterianas. Las personas se están muriendo de enfermedades para las que existen tratamientos como diabetes y enfermedades renales porque no pueden accesar la atención. Las morgues están saturadas.

Los voluntarios de la AFT marcaron un mapa de Puerto Rico para indicar dónde proveyeron ayuda, escribiendo puntos en el mapa de costa a costa. Otra tabla mostraba los seis lugares donde habían visto a representantes de la Agencia Federal de Administración de Emergencias (Federal Emergency Management Agency, FEMA), principalmente para aceptar solicitudes de ayuda. Un día, pasé ocho horas en la ruta de San Juan a las regiones más golpeadas de Guayama y Yabucoa. No vi ni un solo signo de respuesta federal, excepto por un jeep del Ejército. Sin embargo, Trump amenazaba con interrumpir la ayuda a Puerto Rico antes de que muchos residentes hubieran recibido algo de ayuda para sobrevivir, mucho menos para reconstruir sus hogares. Habría que comparar esto con los desastres naturales de los Estados Unidos continentales, donde la FEMA a veces está presente durante años. Los desastres naturales suceden en forma indiscriminada, pero la respuesta a esta crisis huele a discriminación.

El paquete de ayuda que aprobó el Congreso es fundamental, pero es solo un granito de arena. El Presidente de la Federación Estadounidense de Empleados Estatales, de Condado y Municipales (American Federation of State, County and Municipal Employees, AFSCME), Lee Saunders tiene razón: Puerto Rico necesita un Plan Marshall. Es fácil visualizar dos escenarios: uno en que la red energética está modernizada, los edificios se reconstruyen, las escuelas públicas y los servicios se fortalecen y el socorro económico permite que la isla salga adelante con el turismo y la industria. El otro (que destripa al territorio con deudas, expone a los ciudadanos al deterioro de las condiciones climáticas extremas y obstaculiza su capacidad para educar y cuidar a los residentes) es inadmisible y antiestadounidense. Al igual que los países europeos devastados que luego de la Segunda Guerra Mundial volvieron a rugir incluso más fuerte después de recibir la ayuda dirigida, del mismo modo lo debería lograr Puerto Rico.

Las escuelas públicas juegan un papel central en las medidas de recuperación. Las escuelas de Puerto Rico que inicialmente sirvieron como refugios se convirtieron en centros comunitarios y de distribución de las medidas de socorro. Los miembros de nuestra filial en Puerto Rico, la Asociación de Maestros de Puerto Rico (AMPR), están trabajando con los funcionarios para inspeccionar los edificios escolares, para que puedan repararse, desinfectarse y volver a abrirse. Se van a comenzar a abrir para los estudiantes el 24 de octubre. Sin embargo, sabemos que los privatizadores escolares con frecuencia abusan de las crisis, y existen signos de alerta de que el comisionado de educación de las Islas Vírgenes desea dejar las escuelas públicas en manos del mejor postor.

Nuestro gremio dio todo de sí. Miles de miembros de la AFT han realizado donaciones para nuestro fondo de socorro con el fin de ayudar a reconstruir los hogares y reabastecer las escuelas. La AMPR transformó la sede de su gremio en un centro de socorro (en un piso, ayudando gente a completar los formularios de la FEMA, y en otro, embalando alimentos, agua y otros productos fundamentales que luego el gremio entrega en las áreas más castigadas. Me emocionó mucho participar en estas caravanas de entregas. Y la AFT está lanzando la Operación Agua (OperationAgua.com) con Operation Blessing International, la Federación Hispana, AFSCME y otros para ofrecer dispositivos para filtrar agua en los hogares, escuelas y centros de socorro de todo Puerto Rico.

Esto somos como movimiento gremial. Nos importa la gente y peleamos por lo correcto. Luchamos para ayudar a las personas a tener la libertad para asegurar una vida mejor y trabajamos para aliviar el sufrimiento humano. Como Bita Mehrjou, que, cuando vio la devastación del huracán, preguntó: “¿Cómo puedo ayudar?” Es muy vergonzoso que el Presidente Trump no se plantee la misma pregunta. 

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